Progenote's blog

09 marzo 2005

¿Conducir? No gracias, mejor paseo.

Ingenuo adolescente es aquél que cumple los dieciocho alegremente pensando "¡Ya me puedo sacar el carnet de conducir!". Aún no conoce la cruda realidad.

Para empezar, dentro de poco habrá que pedir una hipoteca para matricularse en la autoescuela, lo cual es comercialmente muy lícito si al menos las habilidades docentes del profesor fuesen las esperadas. Pero no lo es éticamente, más aún teniendo en cuenta que la fuente de ingresos de los jóvenes es más bien escasa. Eso sin mencionar el coste de las tasas del examen y de los certificados médicos...

Europroblemas a parte, considero que nuestro jovenzuelo o jovenzuela es aplicado o aplicada y se saca el teórico a la primera. Vaya suerte, porque lo que viene a continuación sí se puede convertir en una odisea, que si es puntual será tomado como 'lo habitual' pero que no es raro se convierta en 'la pesadilla interminable de su vida'. Sin duda me refiero al famoso examen práctico de conducir. Esta fase del examen desprende un hedor tal a mafia que ni un caracol podría escapar a percibir. Es evidente que la buena conducción depende de la habilidad del examinando, pero me parece extraño que en unas comunidades autónomas pasar el examen práctico resulte imposible y en otras sea lo que llamamos... 'una maría', que hasta un completo lerdo descerebrado sería capaz de superar. Aquí hay gato encerrado. O en unos sitios se exige demasiado o en otros muy poco. Como lo más frecuente es que el pobrecillo adolescente suspenda el examen (además varias veces) y tenga que volver a pagar las tasas de matriculación de la autoescuela alimentando a lo que podríamos llamar 'parásitos económicos de la sociedad', pues supongamos que suspende el práctico un par de veces hasta conseguir sacárselo. Saliendo en defensa del jóven alego que no es absolutamente necesario que sea un lerdo al volante, tan sólo es uno más que no ha cogido un coche en su vida. Otro más que empieza sus andaduras. Si su papá le hubiese enseñado a conducir -como hizo el mío conmigo- desde los 14 años, no habría tenido problemas, pero no todo el mundo tiene tanta suerte. Lo que también es cierto es que algo que se plantea inicialmente como una experiencia reveladora empieza a convertirse en un largo viaje fatigante y angustioso. El joven va creciendo.

Y llega un día y ya tienen su carnet de conducir en la autoescuela, listo para recoger y lucirlo airoso ante sus compañeros de clase. Qué breve será esa ficticia sensación de felicidad la de tener libertad al volante. Ficticia no sólo porque de ahora en adelante llevará una "L" color verde pegada en la luna trasera, además de que todos los irritables conductores experimentados e iniciados en la vida ya tendrán excusa para pitarle al tiempo que gritan: "Vengaaa, tiraaaayaaa hombreeeee", sino porque no pasará momento en que su padre le quite ojo de encima evaluando todo movimiento de embrague y cambio demarcha: "Hijo, mete la segunda más suave, que así se rompe el motor". O cuando no haga más que darle instrucciones de cómo y por qué carril tiene que ir por tal vía: "Porque yo me la conozco y tú eres todavía un novato". "¡¡Basta ya!! Yo sólo quería conducir. Dejadme todos, que ya tengo el carnet", pensará pronto. Quien unos meses atrás era un ingenuo de la vida, ahora empieza a eclosionar.

Es época de bienestar y el joven ahorra para comprarse su primer coche, qué alegría. Pero lo cierto es que va de mal en peor. Ahora tendrá que pensar en pasar la ITV periódicamente, llevarlo al taller, cambiar el aceite, revisar la presión de los neumáticos, y... ¡pagar el seguro!. Más dinerito a desembolsar. Estamos olvidando que nuestro joven se ha comprado un Clío de 180 caballos, cómo iba a comprarse algo más sencillito como un Fiat. No hombre, el Clío va más acorde con su imagen de tipejo malote, pero no chupa ni nada el cochecito dichoso. Aún no es consciente de lo que está pasando, porque el precio de los carburantes sube como la espuma de la cerveza, a ritmo insostenible.

El joven todo ilusionado con su nuevo coche va de aquí para allá motorizado para lucirlo en todo momento. Es que si no lo luce ahora, ¡cuándo lo va a hacer! Hasta para comprar el pan se va a un Alcampo con tal de llevarse el coche. Cómo nos conocemos ya el joven y yo. ¿Y qué me dicen de la época del joven en que le da por llevar de compras a su madre a todos los sitios? ¡Increible, qué servicialidad la del hijo! Pero no se preocupen, la fiebre durará poco. La explosión final está cerca.

Mientras el joven hace sus andaduras por la ciudad con su coche, pasa el tiempo y el número de vehículos circulantes se ¿duplica cada año? hasta el punto de colapsar absolutamente las vías 'rápidas' de la ciudad, no sólo los viernes a las 15 horas cuando todo elemento motorizado vuelve a casa despavorido del trabajo por la misma carretera, sino también durante un rango horario que va desde las 7 de la mañana hasta las 9, pero esto ya a diario, los 365 días del año. El joven se da cuenta de que cuando más necesita el coche para ir a clase o al trabajo por las mañanas (sí, de esas veces que uno se queda dormido y sale corriendo pensando: "Voy a coger el coche para llegar antes"), peor está la circulación y más tarde llega.

Pero pese a las evidencias sigue negando la realidad y continúa cogiendo el coche pese a tragarse todos los atascos habidos y por haber. E ingenuo de él, justifica su conducta alocada con un lábil e inconsistente argumento: "Estos vejestorios son unos ansiosos, unos neuras. Yo tengo mucha paciencia y no me altero". Qué falsedad, pues él pronto pasará a ser otra ovejita más.

Oveja que tenga que aparcar el coche día a día. Anticipo que hasta uno de esos lerdos antes citados comprendería que a mayor número de coches y 'mismas plazas' de aparcamiento (en realidad muuuuchas menos gracias a una excelente gestión del espacio para aparcar, del maravilloso sistema de estacionamiento regulado) cabrá esperar mayores problemas para encontrar plaza vacía en la calle. Pero al igual que antes, nuestro protagonista niega la realidad con tal de ir sentadito al volante en todo momento. Pero acontece una vez más lo inevitable, que es precisamente lo más común: en muy poco tiempo esa paciencia se merma, ya que hasta para nuestro joven paciente resulta inadmisible pasarse 45 ó 60 minutos dando vueltas porsu barrio y cruzando veinte veces frente a su portal, para conseguir dejar el coche y descansar después un largo día de vida rutinaria.

Así que con el paso de los días, nuestro joven paciente, ilusionado por ser libre al volante, y tranquilo, se ha adaptado inconsciente e inevitablemente a las circunstancias que le rodean: ya no es tan joven, se ha vuelto un neuras de esos que gritan a la más mínima a los conductores noveles lentos, y ya es un gritón más desesperado en los atascos.

Lo más triste es que, al final, y como todos, procura coger cuanto menos el coche para que éste descanse el mayor tiempo posible en esa dichosa plaza de aparcamiento que consiguió tras haber esperado 2 horas.

En definitiva, un coche más duerme inherte en la ciudad de los atascos.

El ciclo vuelve a empezar. Yo por eso prefiero caminar.

Progenote.

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